Piña estaba feliz de haber cobrado el cheque. Sentía que lo merecía por haber estado parada como cojuda durante dos semanas en la oficina del vicerector. Estaba feliz de haberlo cobrado porque sentía que era lo mínimo que podían darle después del accidente. Estaba feliz y orgullosa de sí misma por haber conseguido lo que muchos creyeron imposible: cobrar una indemnización por daños y prejuicios. Plata gratis, plata fácil. Total, ella se sentía curada muy a pesar de los resultados médicos. Se había resignado. Esa semana se dio cuenta que tomaba más pastillas que su abuelita a la hora del desayuno, así que al parecer, el dinero extra logró su objetivo: robarle una sonrisita. Sonrisita clásica de los que se contentan con la plata porque de salud ya no pueden. Le robaron una sonrisita y esa sonrisita tuvo su precio: tres cifras adicionales en su cuenta que últimamente se había estado codeando con el cero lastimero.